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Sálvese quien deba:
La seguridad del paciente

¿Cómo medir la seguridad? Básicamente, las organizaciones de salud basan sus defensas o barreras en reglas o procedimientos establecidos de los diferentes procesos (protocolos). La medición de los niveles de inseguridad se hace (no en todos los centros o servicios) a través de la cuantificación de los resultados no deseados. También con los sistemas de notificación de incidentes. Y alguna otra base de datos. Pero estos resultados son pobres en términos de evaluación de la fiabilidad del proceso asistencial. Si la mayoría de definiciones aceptadas sobre seguridad la señalan como "estar libre de riesgos o peligros", se ha de afirmar que éstos se encuentran siempre presentes en las organizaciones. Es posible defenderse de ellos y reducir su incidencia y la magnitud de su ocurrencia, pero nunca podrán ser eliminados del todo. En otras palabras, la utopía del riesgo cero, no existe. Condiciones latentes en la organización siempre se encontrarán y la probabilidad de que causen un evento adverso siempre será mayor que cero. A la par, interesa recalcar el importante componente aleatorio de la causa de los accidentes; organizaciones consideradas muy seguras pueden sufrirlos y las menos seguras (como la nuestra) pueden estar libres de ellos durante largas etapas. Por tanto, a veces, cuestión de buena o mala suerte. Cara y cruz de la seguridad. 
Igual que la salud, medir una ausencia de seguridad es más sencillo que su presencia prolongada. La presencia de enfermedades se evalúa mejor que la existencia de un grado de salud determinado prolongado (continuo salud-enfermedad). De la misma forma podremos imaginar ese continuo de seguridad que determine grados de la misma desde una organización con alta resistencia hasta otra de importante vulnerabilidad, o sea, una dimensión seguro-peligroso.
El contaje de número de incidentes o eventos adversos en una organización de salud puede que solo revelen la cara "negativa" de la seguridad, el lado de la mala suerte. Por tanto, es más útil para conocer en qué posición nos encontramos en ese continuo seguro-inseguro, medir el proceso mediante la monitorización de determinados signos de alerta. De la otra manera sólo podremos estar mesurando el momento de vulnerabilidad de la organización de salud, pero ser incapaces de discriminar la verdadera resistencia de nuestros centros sanitarios.
La calidad de los procesos monitorizados que una organización sanitaria utiliza para luchar contra los riesgos de su actividad configurará su situación dentro del espacio de seguridad. La infalibilidad de los profesionales, los condicionantes latentes del centro sanitario y la posibilidad de materialización azarosa de factores que generan eventos adversos, hacen que se puedan producir accidentes hasta en sistemas seguros; y a la inversa.
Como es natural, la suerte se persigue y se puede modelar una organización segura (hasta cierto punto). Hay correspondencia entre el número de incidentes y el espacio de seguridad ya que los centros sanitarios situados en el polo resistente de este continuo tendrán una ocurrencia de eventos adversos menores. Sobre todo si el período que se ha evaluado es prolongado. Pero muy pocas instituciones ocupan un lugar fijo en ese continuo; están en constante movimiento, se mueven en oleadas; algunas son impulsadas de manera activa (programas de seguridad asistencial o de gestión de riesgos sanitarios). Otras, sin embargo, han sido descuidadas y se escoran peligrosamente hacia el polo más inseguro. Y cuanto más cerca de este extremo se encuentre, más probable es que sufra eventos adversos.
¿Son necesarios los accidentes para la propia supervivencia de los centros sanitarios?
La ocurrencia de eventos adversos no siempre es negativo, desde una perspectiva teórica y conceptual, naturalmente. No piensen que uno se ha hecho insensible a las víctimas. No es eso. Pero si que nos sirve para que los directivos, las autoridades, dejen de pensar en la producción y se preocupen por la seguridad; aunque sea por un tiempo limitado. Si no es así, las propias organizaciones se acomodan a su nivel de seguridad aparente y dejan de preocuparse por la seguridad, escorándose de nuevo el bote hacia el polo más vulnerable.
¿Cómo echar gasolina al motor de la seguridad? En primer lugar con el compromiso de todos los profesionales; éstos han de perseguir en convertirse en el modelo a seguir en cuantro a la utilización de prácticas seguras en su centro sanitario (cultura de seguridad). Debe de ser un movimiento de y para los profesionales; los directivos de instituciones entran y salen con una frecuencia alta en nuestras organizaciones sanitarias y no van a preocuparse -salvo honrosas excepciones- de la seguridad de los pacientes; lo harán más sobre la producción o la contabilidad de la institución. Una buena cultura de seguridad perdura a lo largo del tiempo y es capaz de sobrevivir a las veleidades de los directivos (escrito sea en un sentido amable de inconstancia -¡no vaya a ser!-).
El compromiso y la motivación, es decir la cultura de seguridad, no es suficiente por sí sola. La organización debe tener competencia técnica en términos de seguridad, o lo que es lo mismo, de calidad asistencial. Para ello es básico la existencia de un sistema de información, un cuadro de mandos adecuado en relación a los procesos asistenciales seguros. El centro sanitario debe conocer los peligros que amenazan su proceso asistencial. Tiene que ver con una lucha diaria por hacer las cosas bien sin que se vea que se consiguen resultados inmediatos. Cualquier plazo largo en un determinado Servicio -las UCI por ejemplo- de bonanza de accidentes no debe ser vivido como que "está todo hecho"; más bien lo contrario. Tras un período de paz prolongada suele llegar el accidente (tormenta tras la calma) por lo que deberían actuar como si existiera una situación de peligro muy elevado y, por ello, reforzar las defensas.
En suma, navegar por el espacio de seguridad debe ir acompañado por una alta capacidad de conocer qué riesgos son posibles eliminar y cuáles no. O lo que es lo mismo, gestionar aquellos procesos asistenciales que se sabe que pueden estar causalmente implicados en la producción de un evento adverso para anclarnos en mares de alta resistencia y ser capaces de aguantar corrientes que nos empujarán, a buen seguro, hacia el extremo más inseguro. Medidas reactivas y proactivas han de combinarse de manera continua. Esto será objeto de otra entrada al blog.
Invertir en seguridad es rentable; conociendo otras historias, no esperemos a caernos para tener que levantarnos; no aguardemos a que ocurran más desgraciados casos como el de la enfermera de Denver o el de Ryan (que mala gestión de esta crisis, por cierto) para reaccionar en términos de programas de seguridad de los pacientes. La misma es un largo camino y no un destino. Buena semana.
 

Comentarios   

# Sara Lospitao 22-04-2013 19:13
Está claro que el compromiso de los profesionales en aras de una cultura de seguridad es primordial. Pero la seguridad debería ser patrimonio cultural de la empresa u organización, es decir, debería haber un compromiso sincero y visible por parte de la Dirección,no quedando todo en buenas intenciones, como a veces suele ocurrir.
Es un placer encontrar un espacio como éste dedicado a la seguridad del paciente. Quedamos en espera del siguiente post.
# José María Ruiz Ortega 22-04-2013 21:32
Gracias Sara por tus amables letras. Trato de trasladar mis reflexiones de muchos años. No se si acertadas o no; en todo caso dar lugar al debate. Es un honor tener lectores tan cualificados como tu. Un saludo

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